Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavÃa mundos inexplorados.
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Hoy no es como días atrás. Aparte de que me acostara tarde, es como si me faltara la energía que me ha propulsionado. Y tampoco me siento muy bien. A nivel orgánico, digo. Debería recordar con más agilidad que no bebo para que mis sorbos fueran más cortos y espaciados. Que un vodka largo con naranja no es lo mejor para apagar la sed de una noche de verano muy calurosa -la más, pienso- en la cubierta de un barco atracado en el puerto de la ciudad. Agradable sensación la de desincronizar pensamientos y palabra y simplemente reir de tus propios movimientos u ocurrencias. [Como escribir "charla" y ser interpretada como "confesiones", una desincronía, supongo...
]. Creo que lo que sucede es que no quiero que me guste (beber). Porque si a mi misma me dejara...
No es cierto que esta época del año sea tranquila. Ayer no pude ni pasar por aqui y substituí mi comida por una merienda frugal, todo muy desordenado. Lo de trabajar con americanos en esta época ya es un clásico. Quizá este año sea mucho más divertido que normalmente, porque nos hemos constituido en equipo de trabajo proactivo y resolutivo sin preavisarnos. Yo ni siquiera les conozco. Sólo les oigo y también les escucho. Y aprendo y practico idiomas y me gusta.
Parece que el maldito tratamiento que se me resistía empieza a funcionar. Pierdo peso. Por fin. Pero también es cierto que mi alimentación está siendo muy natural estos días y que mi Mii y yo nos vemos una media de 35 minutos cada día. Soy experta en steps. Yupi. Anima mucho que te digan que tienes el cuerpo en "muy buen estado para tu edad" y que te feliciten por tu constancia y la velocidad con la que te acercas a tu objetivo. Bastante razonable, esta vez. No quiero presiones, de ningún tipo.
Ayer fue una tarde de las del tipo "muy difícil". Si, mi descendiente mayor. Lloré por dentro y por fuera el dolor que me produjo física y emocionalmente. Suerte que el progenitor y yo coordinamos, que sino. Pero realmente asusta ver cómo se dificulta lo que antes era pacífico. Y me preocupa abandonar la guerra en cuestión, rendirme porque sé que no debo. Pero me temo que no puedo. Que no voy a poder. Hay días, al menos, en los que seguro que no. Cuando se juntan todas las cosas. Cuando se padecen soledades, también por dentro y por fuera, mezcladas, y el silencio pesa sobre los párpados y se enreda en los cabellos y se esconde en los pliegues de la piel. Es verano, todo va bien. Vacaciones, tiempo, espacio. Summer trip. Y sonrisas que llegan detrás de las lágrimas. Como casi siempre...
Me gusta tomar conciencia de que encuentro entrañable una situación que antes me desagradó. No sé si es que a todo acabamos por acostumbrarnos o si resulta que lo veo ahora como desde un plano superior, como si no fuera conmigo. Este ambiente silencioso, sin teléfonos, ni faxes, ni fotocopiadoras. Ni conversaciones ni llamadas; tampoco pasos. Quedan ahora cinco o seis personas dónde normalmente convivimos treinta, cuarenta quizá. Estamos, por si es necesario. Pero no nos importunamos ni siquiera dejamos de hacer lo que debemos. Es curioso pero aqui, aparte de tres personas que imponemos -digamos- cierto respeto, nadie ejerce de superior jerárquico y todo funciona perfectamente. Me sigue sorprendiendo, después de vivir sometida a una férrea tutela durante diez años, que las personas podamos desempeñar nuestro trabajo sin que nos mire el dueño de la vaca para engordarnos. O la dueña. Esto del género me recuerda, siempre, indefectiblemente, al lehendakari al referirse a los vascos y las vascas. Y eso me lleva a recordar las bombas de Santander y las diferentes malas noticias con las que despertamos hoy, de asesinatos y accidentes y juicios. Y está nublado y no hace tanto calor. Tengo la lista de cosas para marcharme impresa y a punto. Ayer empecé a colocar cosas en la maleta. He recibido un certificado de Hacienda que es poco problable que contenga buenas noticias. No lo he leído aún. Y estoy contenta...
Me giro porque el sonido es poco habitual. Son los pies descalzos de una joven extranjera que corre por los pasillos. Va al mismo lugar que yo y de alli no hay ninguna salida inminente. Quiza lo ha perdido ya. Voy con retraso. Ni siquiera me enfado pero me molesta. Cada vez que como un chicle de menta me acuerdo de ti, de nuestras andanzas adolescentes que adolecia de todo, incluso de malicia. Sigues con tus enormes limitaciones fisicas y tampoco puedo olvidar eso. No se porque cargo con una moleskine si siempre acabo por dejar aqui mis notas. Hay imagenes que no puedo soportar, que me agitan hasta romperme por dentro. Y ver a una pareja adulta dando muestras de carinyo publicamente me recuerda hasta donde alcanza mi impericia, hasta donde pude equivocarme. Tambien me pregunto si cambiaria algo de toda esta vida. Y no lo se...
Podría seguir disimulando toda la vida que de vez en cuando pienso en ti y nos recuerdo entre un tráfico de sensaciones irrepetible o que me preocupa no saber nada de ti ni de la vida que estás llevando. Podría disimular que me gustaría que me contaras que estás bien pero ni quieres ni hay nadie enamorado de ti. Y disimularía mis ganas de verte y de regresar [un momento solo, con eso me conformaría] al punto en el que te quería tanto y me amabas de esa forma impaciente en la que se cuentan los segundos que faltan para el reencuentro. Podría simular que me arrancaste de la vida o que no puedo vivir sin ti. Pero puedo. Pero disimulo. Y simulo...
No me gusta llorar. Reconozco que no lo hago a menudo. Pero hay situaciones infalibles que disparan todos los resortes y me debilitan las defensas hasta derrotarme. Una es en verano, cuando mi ascendiente se instala un par de meses lejos, rodeada de sus descendientes de diferentes generaciones. Una casa magnífica y llena de gente. Aqui, mientras, una soledad infinita. Al escucharla e imaginar los escenarios -tan distintos-, ni siquiera intento evirtarlo. Y lloro. Como cuando los domingos por la tarde regreso de ese lugar a casa mientras allí la vida continúa. Cuando bajo por el camino de portland (conste que no hablo de la ciudad norteamericana) y me enfrento a una rotonda que ordena un tráfico tranquilo en una larga recta, situada en un precioso valle del que se erige como eje divisorio y perfectamente simétrico, tengo unos cuatrocientos metros para [despacio] anegarme los ojos y secarlos, para tratar de impedir que nublen mi visión y con ello la carretera. Tres segundos después ya estoy buscando qué escuchar para que me agite o me tranquilice. Son lágrimas tranquilas, de nostalgia y un poco de tristeza. Nada grave. Un llanto que constituye ya una de mis pequeñas rutinas...