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Las cosas... ¿son como son?

Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavía mundos inexplorados.

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Monday, 25 June 2007
Sóc...

Sóc el que queda de mi...

Desprès de tantes coses, de tot el que he viscut, d'allò que he sentit.

Sóc un resultat, encara parcial, el total provisional.

I una quantitat: de llàgrimes, somriures, de preguntes, tristors i melangies. De records i nostàlgies i d'enyors i de solituds.

Sóc moltes coses i no res, de les vides viscudes i les que manquen encara.

Sóc un mapa per dibuixar, el lloc per conquerir, l'espai on navegar, la pell... un somriure...


posted by: sparkling at June 25, 2007 13:07 | link | comments (2) |

Wednesday, 20 June 2007
Regresión...

Ayer regresé a la que fue mi escuela durante más de diez años. Me senté en una silla naranja que formó parte mucho tiempo de mi panorama cotidiano. Tuve sensaciones similares a las vividas allí.

Pero me llamó violentamente la atención el hecho de tomar conciencia, ayer, de que siempre, toda mi vida, en las diferentes etapas, he perseguido la misma cosa: pasar desapercibida, no ser vista, sobrevivir sin llamar la atención. Para no ser preguntada, para no salir a la pizarra, para evitar una riña.

Esa sensación de ser pequeña e intentar reducirte a nada para ni siquiera ser vista, respirar despacio sin ruido, regresó ayer... acompañada de un sentimiento extraño de decepción y tristeza...


posted by: sparkling at June 20, 2007 11:53 | link | comments |

Monday, 18 June 2007
Intentos...

Vivir...

Tratando de obviar que hace demasiado que no sé de ti, sin llevar la cuenta de los días, las horas, los segundos...

Intentando vencer la sensación de vacío que produce la incertidumbre de no saberte en un lugar, con una compañía, en un estado.

Como si no te hubiera amado nunca.

Como si nunca me hubieras querido.

Vivir...

Así, de esta manera.

Tratando de no imaginar tus risas, tus sonrisas, tus pasos y tu voz.

Intentando... que los días, sin ti, sean días felices.

Vivir... en ese intento. Vano.

 


posted by: sparkling at June 18, 2007 09:41 | link | comments (2) |

Wednesday, 13 June 2007
Convivència...

Sentència de 3 de maig de 2007 de l'Audiència de BCN que denega la pensió a una dona separada perquè manté una relació estable amb una parella, tot i que no conviuen junts.

L'interessant és la definició de "convivència marital":

"tota aquella en què es doni una relació sentimental de parella amb visos de certa estabilitat, sense necessitat de conviure de forma permanent i menys al mateix habitatge, tota vegada que el que ha de prevaler i prendre's en consideració per conceptuar la convivència com a marital no és el mer fet de residir sempre junts els dos membres de la parella, sino l'existència d'una relació afectiva o sentimental entre ambdós, és a dir, la voluntat d'aquest de ser o de constituir una parella estable, la qual cosa succeeix en tots aquells casos de parelles en què, habitant cadascú dels components al seu propi domicili o en què comparteixen habitatge només durant alguns determinats dies, gaudeixin dels elements de sentiment d'exclusivitat afectiva i estabilitat emocional amb vocació de continuïtat".

Nova tongada de jutges o jutgesses "open minded"????


posted by: sparkling at June 13, 2007 11:01 | link | comments (2) |

Tuesday, 12 June 2007
Igualdad...

Reconozco que tengo días raros, a veces. Me voy a comer sola cargada de revistas de contenido económico que se van amontonando en la mesa de mi despacho durante semanas, las que debo leer para estar al día, pero que -obviamente- no constituyen objeto de deseo fulminante. Ni mucho menos. Del mío, quiero decir.

La altura de las revistas apiladas era ya preocupante para mi conciencia y he comenzado por el principio: haciendo limpieza de las que ya tenían las portadas obsoletas. Directas al archivo definitivo, sin leer. He seleccionado las más interesantes y las he leído en la mesa del restaurante. Ojeado, más que leído. Si.

Con la rutina de siempre de empezar de atrás hacia delante aquellas cuyo formato ya conozco. En sentido contrario, en el caso de las que me han resultado nuevas.

Como resumen de mi lectura de hoy, algunas palabras mágicas:

todas escritas, desarrolladas y planteadas de cara al directivo masculino y triunfador, en tono paternalista, displicente y hasta humillante para las que vamos por la vida con la lengua fuera, mal conciliando nuestras historias familiares, matrimonios y carreras profesionales. Todo a la vez.

Se exponen como las "key words" del momento y estoy convencida de que se barajan al más alto nivel, cuanto más lejos de la tierra dónde tenemos las mujeres trabajadoras los pies mejor... y me apuesto cualquier cosa a que vamos a necesitar años -muchos, para ser precisa- para que nuestros jefes (sólo un 4% de jefas en alta dirección, aún; ningún viso de cambio, como en las listas electorales: solo nombres y mil trucos para que no entren a formar parte de la política activa...) entiendan que los niños quieren ir -solo pondré un ejemplo- al pediatra -que les tiene que decir el por qué arden a 40º, se sienten fatal, solo quieren mimos y siguen vomitando justo el día de la esperadísima excursión- con sus mamás.

Ni con la tata ni con la canguro ni con la chica marroquí, filipina o peruana ni con un papá que incorporará esa gestión como tarea pendiente en el outlook y en su agenda constará bloqueada media hora, entre reunión y reunión. Con el mismo cariño, si. Ellos quieren ir con sus mamás.

Y las mamás -las que trabajan, que somos bastantes todavía- suelen tener el outlook lleno de reuniones, tareas, llamadas por hacer y avisos que saltan cada quince minutos en las pantallas. A veces, casi más lleno que el de sus maridos. Aunque pueda parecer mentira, sorprendente o incluso impresionante. A veces, es así.

Eso en el caso -claro está- de que el matrimonio, tras la maternidad, sobreviva. Cosa difícil dónde las haya, por cierto.

Conciliación.

Maravillosa palabra...

Un suspiro.

Firmado: Asunción de Riesgos. Ex esposa de Fernando Riesgos. (Por cierto, ninguno de estos dos nombres me consta que existan... son un juego de palabras, como todo en este espacio).


posted by: sparkling at June 12, 2007 15:34 | link | comments (2) |

Monday, 11 June 2007
Cuento...

Querían volver a la península, ahora que la vida profesional de Carlos podía darse por acabada con dignidad. Hacía meses que lo venían pensando y les costaba tomar la decisión. Veinte años en una isla empezaban a pesarles como una losa, ahora que los chicos habían crecido y solo les visitaban algunos días en Navidad y en agosto.

 

Habían cumplido el sueño de vivir en una casa en el campo en la que Ana pudo dedicarse a su familia, a su jardín y a sus gatos, mientras Carlos se hacía un lugar como médico en la isla y se veían poco, aunque mucho más que las parejas que vivían en ciudad. De eso habían sido siempre conscientes. El hecho de vivir apartados de un núcleo urbano había sido una de las razones.

 

La casa era grande y espaciosa y ocupaba una enorme extensión de terreno, que decidieron no habilitar totalmente pero de la que resultó una zona ajardinada a la que se dedicaba con pasión, una larga y estrecha piscina salinizada en la que cada mañana reforzaba los músculos de su espalda para que su hernia discal aguantara sin quirófano; los gatos corrían por cualquier lugar y entraban o salían según su carácter y sus preferencias y el clima del momento.

 

La rehabilitación había sido larga pero el resultado fue la casa que una vez soñaron en la que cada uno tuvo su propio espacio. Por dentro y por fuera. El, su despacho con una biblioteca llena de libros antiguos que hablaban de los pueblos y sus gentes, la historia de la isla, una pasión que incorporó a otras –como la de montar miniaturas de barcos de madera- que tenía de cuando vivía en Tarragona; solía tumbarse en el sofá con una suave música de fondo y leer, simplemente; durante horas, hasta que Ana iba a buscarle para la cena o para dar un paseo o para saberle ahí, tumbado, leyendo y escuchando música.

 

Carlos era un tipo tranquilo, de unos cincuenta años, que vivía para su profesión y su familia, aunque le resultaba difícil saber en qué orden. Su profesión le había dado muchos amigos, su mujer mucha paz y sus hijos muchas alegrías. No solía practicar ningún deporte pero le gustaba dar largos paseos hasta las dunas o hasta las salinas con cualquiera que aceptara su propuesta. Y normalmente era Ana la que aceptaba, incondicionalmente. Le venía bien alejarse un poco del jardín, dónde nunca acababa de tener las flores, las plantas en perfecto estado. Ahí donde miraba había algo que hacer: podar un poco la rama seca, esas malas hierbas imposibles de suprimir, el tramo de riego que fallaba...

 

Pero su espacio en la casa era la cocina. Sin que suene a tópico. Era una de esas cocinas de pueblo amplias, con una mesa rectangular para seis personas y un mantel de cuadros permanentemente colocado sobre ella, como esperando ya a los próximos comensales, a los invitados, a las visitas... A Ana le gustaba cocinar pero sobretodo le gustaban sus amigos, tener sus puertas abiertas para ellos y compartir. Y esa era la casa de la hospitalidad y en la cocina siempre olía a tarta, corría el aire y se oía una radio en la que invariablemente sonaba solo música clásica. Tampoco había muchas emisoras entre las que escoger pero a ella ese tipo de música le gustaba desde siempre. Y en el corazón de la cocina una isla, como metáfora y como realidad, el centro neurálgico de la vida de Ana en esa casa y en el mundo, alrededor de la cual se desarrollaban los días con los gatos enredándose en sus piernas, acariciándola, pasaban las tardes, las cortas del invierno y las largas y cálidas de la primavera y se iniciaban las veladas de largas charlas o de magníficas soledades. En el rincón, el hogar, siempre encendido en invierno.

 

Echaba de menos a los chicos, tanto que a veces se planteaba si era buena idea seguir ahí mientras ellos vivían más o menos cerca de los familiares que tenían en la península. Vivían su vida porque los tíos nunca podrían ocuparse de ellos como sus padres, pero los sabía acompañados y tampoco quedaban tan lejos en realidad. Era la etapa que les tocaba, la que Carlos y ella vivieron y, en eso sí tenía razón Carlos, responsables les habían salido. Casi tanto como altos.

 

Pero lo que últimamente llevaba peor era la ausencia de Mina, la gata persa, de pelo blanco y suave, que Carlos le regaló en su cuarenta cumpleaños. Tampoco hacía tanto, en realidad... La gata era muy joven, pensó Ana con una media sonrisa. Como ella. Y muy hogareña, de esas que no gustaba de aventuras ni de alejarse demasiado de su cama, sus cosas, su comida y el espacio que Ana le tenía reservado a cada uno de los cinco gatos que ahora vivían con ellos. Era la casa de los amigos. Y de los gatos; y se quedaban los que pasaban por ahí y se sentían bien en ese lugar. Sin condiciones. Ahora eran cinco pero hubo momentos en los que incluso ella perdió la cuenta y los confundía. Un día llegaban y al cabo del tiempo dejaba de verlos. Tan simple y tan doloroso, a veces.

 

Pero a Mina nunca pudo confundirla porque, además de bella, era la gata más cariñosa de las que nunca hubiera tenido. Se adormecía en su regazo siempre que veía a Ana sentada en el banco de la cocina, leyendo, arreglando la verdura de la noche o pelando fruta para la nueva tarta. Siempre con ella, incluso cuando se arrodillaba en el jardín ante sus flores, Mina le hacía compañía y caminaba despacio a su alrededor. Y los otros jugaban y corrían, se alejaban y regresaban. Instintos básicos. Comida. Siempre regresaban.

 

Hacía un par de semanas que le había comentado a Carlos lo extraño que le parecía que Mina hubiera decidido marcharse para no volver pero él se mostró convincente al afirmar que había visto un precioso macho de pelo gris corretear por los alrededores de la casa y que serían cosas del amor. Mina regresaría y traería la barriga llena... Al tiempo.

 

Ese otoño había llegado antes y más frío que de costumbre y las lluvias no eran las normales de la época. Carlos regresaba a casa ese martes conduciendo su todoterreno con las luces y el limpia parabrisas en la menor de las velocidades para apartar las gotas que caían esporádica y suavemente sobre el cristal. Enfiló el camino de tierra que llevaba a la casa y, justo en la primera curva, vio algo tendido en el suelo, inmóvil y de pelo blanco pero sucio, casi gris, mojado y sin volumen.

 

Paró el motor y se bajó muy despacio del coche colocando las manos en los bolsillos de la chaqueta, como esperando que el gesto le ayudara a pensar deprisa, encontrar la solución, ahorrarle la visión y el disgusto a Ana y acertar.

 

Desde luego, el estado en el que había quedado Mina después del atropello era terrible; no comprendía que alguien de los alrededores hubiera sido capaz de marcharse de ahí sin avisarles de lo sucedido, sabiendo todos cómo amaba Ana a sus gatos.

 

Hacía frío, seguía lloviendo, el tiempo pasaba. Se dirigió hacia el portón trasero y sacó una pequeña pala con la que cavó apresuradamente una pequeña zanja unos metros más allá de la carretera en la que depositó lo que había quedado de la gata blanca, la cubrió nuevamente de tierra y caminó sobre la zona para intentar sellar el lugar y que ningún animal decidiera investigar lo que ahí quedaba. Se estaba retrasando y sabía que Ana le echaría de menos. Apoyó la pala en el árbol más cercano, colocó de nuevo las manos en los bolsillos del chaquetón mojado y bajó la mirada, en silencio, observando el resultado, recordando a Mina en alguno de sus mejores momentos y con una leve sonrisa, como solo los niños y los animales saben provocar en los adultos.

 

Regresó al coche y, mientras colocaba la pala sucia de tierra húmeda en la parte de atrás, pensó que Ana nunca debería saber lo que le había sucedido a Mina. Nunca. En algo tendría que pensar; quizá en otro gato, de otra raza, de otro color, con otro nombre, distinto. Nunca como Mina. Nunca. Eso no era posible.

 

Comenzó la vuelta a casa, despacio, con cuidado, con miedo a ser descubierto, intentando que Ana no le notara triste, hasta que vio las luces del porche y de la cocina encendidas. La cena estaría a punto y Ana esperándole, inquieta. Le pareció adivinar su silueta bajo un paraguas. Sin esperar a que Carlos bajara del coche, se le acercó, alegre, feliz:

 

- ¡Carlos! ¡Cuánto has tardado!

 

- ...

 

- ¡Adivina quién ha venido!

 

- ...

 

-¡Es Mina!-dijo Ana con la gata blanca y mojada acurrucada entre sus brazos-. ¡Es Mina! ¡Y tenías razón! Regresa con la barriga llena...

 

(c) Sparklingdreams.

11 de junio de 2007.

P.S.: Adaptación de una anécdota que, como dicen Les Luthiers, es verídica y, además, es verdad.


 

 

posted by: sparkling at June 11, 2007 18:47 | link | comments (1) |


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