Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavía mundos inexplorados.
Mo'nonymous on Paréntesis...
Mo'nonymous on Paréntesis...
Mo'nonymous on Paréntesis...
sparkling on Paréntesis...
sparkling on Paréntesis...
Mo'nonymous on Paréntesis...
Mo'nonymous on Paréntesis...
Mo'nonymous on Huellas...
sparkling on Aclarando...
sparkling on Huellas...
today
August 2008
July 2008
June 2008
May 2008
April 2008
March 2008
February 2008
January 2008
December 2007
November 2007
October 2007
September 2007
August 2007
July 2007
June 2007
May 2007
April 2007
March 2007
February 2007
visited *loading* times
Este es un post para comunicar a mi nutridísimo público que este espacio va a permanecer en silencio, cerrado, entre paréntesis, en stand by durante bastante tiempo.
Creo que me va a ser imposible entrar a escribir pero, por sus efectos terapéuticos sobre mi alma, intentaré -contra viento y marea, a pesar de estar en la montaña- venir de vez en cuando.
Pero hay quienes se molestan mucho cuando me ven sentada ante un pc y ese es su tiempo, no el mio. Por tanto, creo que deberé respetar eso.
Pensando en positivo, seguro que regreso con miles de cosas que contar, las retinas llenas de imagenes y miradas que trasladar y los dedos con ganas de sobrevolar el teclado y escribir, escribir, escribir...
Jugar con las palabras, en fin.
Feliz verano. Mmmm... Esta época me gusta cada vez más, como la luz que, ahora mismo y en diagonal, se cuela por el ventanal de mi despacho, entrando por mi izquierda (como debe ser, según los de seguridad laboral...).
Es cierto... ¿por qué vengo aqui a contar solo las cosas que me angustian? bueno, la respuesta es evidente. Pero da la sensación de que la vida son solo quejas, lamentos, ansiedades y otras hierbas semejantes y no, no es así en realidad, que cada día está lleno de momentos mágicos y encantadores, de esos que deberían hacernos tomar aliento, detenernos, observar, sentir cómo se introducen determinadas sensaciones por cada uno de nuestros poros que ahora, en verano, están destapados, expuestos al aire (libre pero contaminado de la ciudad en la que yo vivo).
Quizá este sea mi post más melífluo, dulzón y poco elaborado, pero hoy, el cuerpo, me pide escribir inputs positivos, que los negativos ya se instalaron en mi mesa desde antes que yo llegara, aqui siguen y no tienen intención de irse. Lo sé.
Aprender a valorar lo que tenemos, aquello que, por consabido y habitual, llega a pasar desapercibido o es ignorado sin tener ni siquiera conciencia de ello.
Una llamada de una voz especial. Aunque se repita, debería agradecerse con el alma.
Una mirada, que se detiene en el tiempo, que todo lo para, que te hace sentir...
Observar, con cuidado, en silencio, sin movimientos ni ruidos, cómo duerme un niño; la magia de ver su expresión y sus músculos relajados, como indefensos y confiados.
Saber que puedes trabajar; lo que supone que tienes salud para ello y la suerte de tener un empleo, ingresos a fin de mes, que eres útil...
Sobretodo, esa salud que ya he mencionado de pasada. La mia pero también y especialmente la de los míos. Que no sé cuál de las dos es más importante.
Despertar y ver un cielo azul, sin nubes; un día limpio porque el viento se llevó la energía positiva muy lejos... y todas las posibilidades que la vida nos ofrece con esa maltratada naturaleza.
La gente, que forma parte de mi escenario, de mis rutinas, de mi vida... y me hace reir o llorar.
Y una larga lista que, por desgracia, no tengo tiempo de completar.
...de tenerte en mis brazos? No... Nada que ver. NI yo con quien canta la cancioncilla.
Es la ansiedad que me produce enfrentarme, como cada año, a mi última semana de trabajo, sin equipo, sola, cuando el mundo parece tener fecha de caducidad, de extinción, todo urge y no queda nadie para comentar, decidir, firmar, resolver...
Y se une la tensión que le produce a un europeo esperar respuesta de un americano; cuando ellos duermen, aqui trabajamos y viceversa. O casi. Y cuando necesitas resolver cosas largas, pesadas (a eso me dedico, básicamente... igual si trabajara para Parques y Jardines la cosa sería distinta, pero, vaya, no creo, porque el sufrir es un carácter, lo llevas contigo y seguro que querría tener podados todos los setos, árboles y matorrales de mi ciudad simultáneamente, el mismo día; y eso, hasta yo lo sé, no es posible. Y por eso genera ansiedad... Lo que decía...).
El surrealismo es que un yanqui te pida mantener una conference call por temas profesionales (claro) a las 1h15 (exactamente: ni a las 1h14 ni a las 1h16, como si luego la tecnología fuera así de sencilla y puntual, que no veas lo que cuesta poner en comunicación a tres o cuatro teléfonos que están conectados a redes de diferentes ciudades: cuando uno está en linea, el otro no oye nada o tiene un retorno que imposibilita la conexión con los restantes; o se cuelga uno y hay que volver a empezar y tú, con cara de estúpida y de sueño -es decir, de estúpida dormida porque empieza a ser media noche y estás poco lúcida [no me refiero a la fuente, por cierto]- empiezas a impacientarte y a pensar: "no debía haber aceptado, no debía haber aceptado, que lo manden por escrito jolin!").
Así que, cada mañana, me levanto ansiosa por ver mi correo y saber si han respirado. Así desde el lunes. Y una siente que le toman el pelo y poco puede hacer porque huelga decir el poder que hooy en día tiene la indústria cinematográfica y su larguísima lista de componentes: asistentes, ayudantes de asistentes, managers, asesores fiscales, legales, cuidadores personales, seguridad, etc. y todos revolucionadísimos, a otro ritmo que no creo que sea natural. Allá cada cual.
De esta ansiedad ya se han escrito muchos artículos, que hasta yo conozco y he podido leer alguno...
Incertidumbre, sobretodo la de saber que, en estos días que también necesito que sean para mi y los míos, tendré que seguir conectada a la red a través del portátil, seguramente a diario. Y a estas alturas de vida y de profesión, confieso que me molesta... Si. Mucho. ¿Pasa algo? No, claro, es que a según quien puede llegar a gustarle pero yo estoy en la fase de caída libre en la que nada, nada, nada interesa. Y no solo, digo, a nivel profesional. Que eso es lo peor, digamos.
No tengo por qué quejarme, lo sé. Pero me quejo. Por el desasosiego que me produce sentirme en manos ajenas, como un muñeco expectante; por la sensación horrible de estar alejada del pc por si intentan comunicarse conmigo y obtener respuesta inmediata. Como si yo fuera alguien, en realidad.
Solo aspiro a ser la mota que hay bajo la alfombra del recibidor de mi casa. Llevando una vida propia, sin ser vista ni llamar la atención, que eso sería catastrófico. Quizá haría despertar curiosidades e interés y eso no puede ser... No debe ser. No...
Soy una mujer muy educada y me abstendré, por deferencia a mi misma -entre otras personas-, de escribir la enorme profusión de tacos que durante la mañana de hoy hubiera proferido con gusto, a la vista de lo complicado de la jornada, este fin de fiesta antes del cataclismo que acabará con nuestro mundo conocido y la vida en concreto. Que todo se me ha complicado mucho, jo! Y que, en símil circense, me crecen los enanos!!!!
Bueno, dicho esto paso a reconocer por escrito, con pudor y hasta vergüenza que he perdido los papeles en varias ocasiones esta larguísima y dificilísima mañana que parece estar ya agonizando (gracias a todas las divinidades, gracias!). Los he perdido y podría escribir una y mil veces aquello de "no lo volveré a hacer más" [que cantaba con su voz melíflua el joven -en mi época- Sandro Giacobbe (y si no se escribe así, mis disculpas a la familia en cuestión por profanar el nombre)]. No lo haré.
Pero el hecho es que, a medida que los perdía sin yo quedarme sin conciencia de ello (es decir, pues, perfectamente consciente de lo que sucedía en mi vida y de que yo misma rayaba la grosería y el cinismo más asqueroso), pensaba que estoy muy harta de tener que mantener siempre la calma, dar seguridad, aparentar templanza, que todo está siempre -sin paréntesis ni descanso- bajo control. ¡Pues no! No, no y no!
También yo me pongo nerviosa, no soy de goma y no se me puede tirar de los cuatro lados en direcciones contrapuestas porque me romperé ¿o eso no lo percibe nadie? Y punto... Hay quien, de tanta presión, de tanto tener que procesar problemas y devolverlos solucionados, acaba matando a su hija de dos años porque lloraba o saltando por la ventana del despacho porque llevaba ahi metido 14 horas diarias desde hacía varios meses. El estrés...
Suerte que mis hijos son ya más mayores que la nena del ejemplo y que me paso media vida en un primer piso, sobre un hermoso y mullido césped de color verde (no es rojo, como el del anuncio cachondo del VW) que un equipazo humano uniformado se ocupa de mantener cuidado, abonado y a raya con máquinas que ya las quisiera yo para mi...
Ay... el día ha sido difícil y nada grato. Porque si hubiera sido lo primero sin lo segundo (pero con retos, desafíos, novedades y trabajo en equipo), pues mira... ¡pero no!
Presión, plazos brevísimos, fondo de cuestiones que se me escapan, horarios de vuelos cambiados arbitrariamente por la compañía del Imperio, conference calls que sobrevuelan mi vida privada, avisos de negociaciones complicadas e inminentes... en finnnnnnnnnn!!!!! va con el sueldo, ya...
Y suerte que aún puedo sentarme aqui y vomitarlo sin que parezca un reproche o una justificación. Estoy de mal humor, cansada, sin paciencia, mayor... Y eso es todo...
Amaneció nuboso, hasta nublado, y muy caluroso en la ciudad. Anoche fue el típico día en que el calor es difícil de aguantar, por primera vez en esta temporada.
Y sin embargo he dormido bien. He pasado épocas de insomnios extraños (esas situaciones en las que en una sola noche te levantas más de tres veces, por ejemplo; los expertos dicen que eso no es normal...), pero esta etapa es diferente. Creo que voy tan cansada y apuro tanto mis jornadas (total, para que no me de tiempo a hacer ni la mitad de lo que quisiera...), que llega la noche, el momento de apagar la luz de la mesita de noche, cuando ya cerré mi libro, y caigo en brazos de Morfeo sin grandes prolegómenos, directamente, como quien regresa y se siente en casa...
Es una época extraña, de grandes reflexiones que no me conducirán a ningún lado, de enormes ausencias que me hacen sentir pequeña, de sueños y también de decepciones por no poder estar junto a quienes solicitan mi tiempo, mi atención, mi compañía... No por mi, exactamente. Sino por sus propias soledades.
Empatía. Es, últimamente, el deporte que más practico.
Me duele escandalosamente la espalda. Más desde que pasé por las manos de un médico osteópata muy desagradable y con una consulta sucia, que tenía que ser la bomba -el médico; la consulta era indiferente para los resultados perseguidos-, y que me ha estropeado en lugar de enderezarme (también podía haberme aderezado, mmmmm...). Alguien entendido me dijo que estos dolores, que se agudizan y hasta me bloquean y me impiden seguir un ritmo normal, son -ni más ni menos, señores- pre-hernias discales. Un quirófano para algo así realmente ilusiona... sí...
Y me preocupa. Porque nadie es imprescindible pero sería un contratiempo, la verdad. Estar fuera de combate una temporada podría rayar la catástrofe familiar y laboral. Y quedarme sin movilidad geográfica también tendría otras consecuencias que no quiero ni siquiera entrar a valorar...
En fin, lo que siempre digo: Virgencita, que me quede como estoy...
Hablo del riesgo cero.
Siempre he oido, medio en broma medio en serio, esa frase de que a partir de los cuarenta una persona tiene más posibilidades de morir en un atentado terrorista que de encontrar pareja. El tanto por ciento de morir en el ataque en cuestión era del cuatro.
Aunque, claro, eso era mucho antes del 11S y del 11M y del otro 11 que tuvo lugar hace poco, no recuerdo dónde. Pero sí sé que era un 11. Ahora el porcentaje ha aumentado exponencialmente, seguro. Así
Y la idea inicial era la de pensar en el riesgo cero como en la búsqueda de un lugar tranquilo en el que parar, detenerse, sin ese pequeño miedo que de forma permanente, consciente o no, tenemos todos instalado en nuestras vidas.
Sí, sí. Al menos yo soy "consciente" de la existencia de ese riesgo. No diré que viva asustada permanentemente pero sí pienso en ello en caso de ir a un aeropuerto, de planear un viaje, de acudir a un centro comercial o al ver las grandes concentraciones (casi siempre deportivas) de personas humanas en el mundo. Veo una final de tenis y pienso... ¡ay! Sé que en Londres empieza el Tour (o algo así) y vuelvo a pensar... ¡ay! [por cierto, parece ser que realmente en Londres va a cocerse algo grande solo porque al Rushdie le han hecho Sir... No comments]. Sé que los aeropuertos se llenarán en fechas clave de principio, medio y final de mes de julio y agosto y vuelvo a repetirme ¡ay! (soy original con mis interjecciones cuando quiero experesar temor o sorpresa, si...).
Lo cierto es que el mapamundi distribuido este fin de semana en prensa escrita y en televisión, avisando en "prime time" a la población española que hay que consultar el grado de inseguridad del país de destino de tus vacaciones anuales, me preocupó. Y todos estamos ansiosos e incluso sin saber por qué extraña -o no tanto- razón. Porque sé de gente que vive sin valorar esa posibilidad pero nos advierten cada día (uno de forma más subliminal que otro) que estamos en alerta ante un ataque inminente. Eso en España. Porque Gran Bretaña está igual y luego circula por ahí una lista de países oficial pero secreta en la que se relacionan los otros tantos a los que mejor no vamos. Marruecos, Oriente Medio, África y otros muchos que no logro recordar porque previamente ya no pude memorizar...
Así que nos quedan los ressorts turísticos diseñados para ser vistos como el paraíso. Lo más cercano al cielo. Con sus enormes bloques a pie de playa, su combinado con mucho alcohol de garrafa y sombrilla enana de colores que destiñe, un mar de color artificial tremendamente azul celeste, un radiante sol y gente en biquini. Un producto como otro cualquiera.
Y eso me hace pensar que quiero ser viajera. Cuando sea mayor.
No quiero ser turista y hacer colas, meterme en un avión (ascensor horizontal que te traslada de un país a otro a cierta velocidad), padecer retrasos y pérdidas de equipaje... mezclarme con cientos de personas excitadas ante la idea de viajar. No quiero ser turista.
Quiero ser viajera y colarme en el país de destino para observar. Quiero fundirme con la gente y perderme en las calles, sin tomar conciencia de los riesgos, sin guías hechas previo pago por parte de los comerciantes y propietarios de los locales en los que todos los lectores de la guía "X" se encuentran comiendo, cenando y paseando... Quiero viajar improvisando, viendo, oliendo, sintiendo, observando y, eso sí, capturando recortes de esa realidad con una cámara. Espontáneamente, de forma permanente, fresca, para siempre. Creo que cada foto se queda grabada en mi memoria (más gráfica que de contenidos, siempre), sin quererlo y sin evitarlo. Tampoco.
Quiero ser, pues, viajera. Y no quiero ser turista. Aunque a veces me persiga ese dato oficial de que, tras hacer un viaje en avión, cada viajero viajante debería inmediatamente plantar cuatro árboles (¡cuatro!) para regenerar el oxígeno destruido con la emisiones de CO2 generadas durante ese solo trayecto. Y eso serían muchos árboles, creo... Un bosque enorme, diría yo. ¿La Amazonia? Por lo menos...
Es decir, no me gusta levantar la mirada en busca del azul de mi cielo (porque también es mio... y bebo con moderación porque es mi responsabilidad) y ver los trazos del paso inmediato de tres o cuatro aviones, esas líneas blancas que dejan como un recuerdo o un aviso y que el aire y las corrientes arrugan, desordenan y casi despeinan, aunque siempre sea posible adivinar la trayectoria de la máquina que ahora ya está a cientos de kilómetros. No me gusta. Soy perfeccionista. Las rayas deberían estar hechas con regla y ser líneas rectas perfectamente definidas, indelebles y gruesas. Eso sería genial. Si tiene que haber rayas en el cielo, cosa inevitable -por otra parte-, que estén muy bien hechas, ¿no?
Como también me preocupa por la carga que conlleva ser consciente de que, cuando oigo que un avión grande sobrevuela el centro de mi ciudad, donde vivo, inconscientemente y despacito agacho un poco la cabeza, como si estuviera dentro de las torres gemelas de NY en el momento en el que impactó el avión, en esas imagenes mil veces vistas que, es lógico, nos han marcado a todos. Ese es uno de los daños colaterales de la televisión poderosa. Aunque quizá muchos ni siquiera sepamos las secuelas que ha dejado en nosotros el visionado persistente de esos fotogramas. Agacho la cabeza y eso no puede ser otra cosa que miedo, en un gesto inconsciente gobernado solo por mi mente, dónde se hallan almacenadas todas las alarmas que me lanzan mi propio instinto de supervivencia, por un lado, y las autoridades competentes -que son muchas dado el ámbito global al que nos enfrentamos en este asunto-, por el otro.
Todo eso me hace pensar que el paraíso no tiene por qué estar en las antípodas de nuestra casa. Quizá está a la vuelta de la esquina o en tu propio salón. No sé. De la misma forma en que nos empeñamos en encontrar a nuestra media naranja (este símil tan cítrico me gusta cada vez menos, lo confieso) en nuestro colegio o en el barrio o en el trabajo o en nuestra misma ciudad. Y quizá esté paseando por Noruega ahora mismo o bien durmiendo en un futón japonés o balanceándose en una hamaca panameña. ¿Y si lleva abrigo, en este instante? ahhh!
Ya no hay, por tanto, lugares en los que exista el riesgo cero. Quiero ser viajera. Con cámara y teleobjetivo. No me gustan los cielos con rayas blancas torcidas. Agacho la cabeza cuando un avión pasa sobre mi. Me pregunto dónde está el paraíso. Y nuestra media naranja -seguramente- no vive en nuestra ciudad ni siquiera en nuestro país.
El párrafo anterior debería servir de resumen de la lectura. Por si alguien ha dedicado su tiempo, paciencia y energías al tema.
Será que disponía de poco tiempo para escribir, pero lo cierto es que ahora, sin releer este post, me doy cuenta de que vuelve a ser caótico y que he volcado literalmente algunas ideas improvisadas que quizá merecían tratamiento separado. De nuevo, mis disculpas.