Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavía mundos inexplorados.
Mo'nonymous on Paréntesis...
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Me gustaría pasar una tarde contigo. No sé muy bien cómo podríamos organizarnos para conseguir transformarla en inolvidable, esa categoría especial de cosas que suceden y jamás se diluyen en las memorias.
Sería una tarde de primavera y luciría el sol; estaríamos cerca del mar y el lugar estaría desierto. Es como se está mejor. Y ese es mi guión, no sé cuál sería el tuyo...
Tendríamos tanto de lo que hablar que el paseo sería infinito y las manos se nos enfriarían durante el atardecer. Comentaríamos que el cielo luce precioso con esos colores rojos, naranjas y rosas degradados. Me hablarías de música, de cine, quizá de política. Yo prefiero los sentimientos.
También sabríamos intercalar momentos de silencio mientras caminamos con las miradas puestas en el camino o nos sentamos a llenar los bolsillos de nuestros vaqueros de arena fina, las rodillas flexionadas y la barbilla apoyada en ellas, la vista perdida en las olas del mar. Y los ruidos del agua y de las piedras de la orilla o los del agua estrellándose contra las rocas. Y tus silencios. Y yo tan cómoda.
Y te escucharía cómo me hablas y me cuentas y me contestas a las mil preguntas que te lanzaría sin ninguna sutileza, que siempre sucede lo mismo, que si no cambio siempre seré igual... Y te miraría a los ojos, mientras te azoras y te colocaría en su lugar el mechón de pelo que el viento hace caer sobre tu frente, una y otra vez, para que no te distraiga.
Te miraría y me dirías que mis ojos están más azules que nunca. Debe ser la brisa del mar. O la felicidad. Son tan variables como yo: unos días grises, otros verdes, otros azul. Siempre con algo de marrón en el centro. Y mi ánimo gobernando los cambios cromáticos que ni yo puedo percibir.
Ven, pasemos la tarde juntas. De todo lo que podría pedir como regalo, creo que escojo esto. Unas horas contigo y conocernos y reir y escuchar. Parece un buen plan. Un buen comienzo...
...tú no estás mi blog está desierto.
...momentos inolvidables, besos pendientes, miradas perdidas, lágrimas vertidas, mentiras piadosas, ganas de huir, bostezos irreprimibles, caricias escondidas, gestos inútiles, declaraciones de amor, ganas de verte...
40.000 minutos contigo, viajes soñados, parajes perdidos, secretos al oido, gotas de agua, granos de arena, cabellos despeinados, pasos perdidos, abrazos de oso, caminos recorridos, piel de gallina, ganas de volar, playas soñadas, imagenes robadas, fotos movidas, manos heladas...
Y 40.000 años de condena.
Cuando actuamos deberíamos ser siempre conscientes de las consecuencias de nuestros actos. Es que 40.000 son muchos años para estar encerrad# y una tontería perderlos de esa forma... O son un suspiro cuando planeas el futuro con quien amas... Un suspiro.
Esto es irreversible. El otoño se instaló aqui y con él llegaron las manos frías, el estremecimiento, el recogerse de hombros al caminar, la necesidad de abrigo, la oscuridad a media tarde, una luz perpendicular, nubes grises contra un cielo claro y todas esas cosas.
Sé que las hojas de los árboles son de policromías increíbles, que el paisaje es capaz de hipnotizar y que todavía los fríos aprenden a serlo.
Pero lo que sucede es que, cada año, el otoño me entristece...

Remos y hielo. Tierra, verde y fiordo. Frio y cansancio. Colores y azul oscuro. Sensación de fin del mundo y ausencia de soledad. Comunión. Y vacaciones, claro.
He recordado hoy una conversación mantenida hace algunos días con dos empresarios conocidos y sexuagenarios que se referían a la enfermedad recientemente declarada a uno de sus comunes amigos, un importante político; la noticia lo fue a nivel nacional. Una enfermedad cruel con el entorno, quizá no tanto con el paciente. Se lamentaron de lo que le esperaba a su amigo en los años venideros y comentaron algunas anécdotas entrañables acerca de experiencias vividas, personales y profesionales.
Pasaron luego a comunicarse que otro de sus amigos -uno de los Padres de nuestra controvertida Constitución y ex profesor mío, además de algunos otros cientos de miles de universitarios, tal vez- hacía algunos años que estaba apartado de la vida (también de la política) por culpa de la misma enfermedad.
Y aqui viene lo bonito porque, al contar el estado de catatonia en el que vive éste último desde hace ya demasiado tiempo, uno de los empresarios se recreó explicándonos los cuidados exquisitos que le prodiga su mujer, el cariño con el que le habla y le acomoda la ropa antes de salir a la calle a dar el paseo diario. Hablaba con envidia del hombre que ya ni siquiera conoce a su esposa y llegó a verbalizar que le gustaría llegar -si fuera imprescindible enfermar así antes de morir- a esas alturas acompañado de una mujer como la de su amigo, que le quisiera igual.
Le he dado vueltas a esa conversación, a las expresiones de reconocimiento y admiración de los dos empresarios ante la actitud "servil" de una esposa. He desechado la carga machista que podría desprenderse porque sé que lo único que había en ellos era temor infantil a la soledad y al abandono.
Y lógicamente una piensa en dos direcciones.
La primera valora si, llegado el caso de necesitar este tipo de cuidados, habrá alguien a mi lado para acariciarme la mejilla y hablarme como si volviera a ser una niña y se ocupará de mi y podrá o -mejor- querrá dedicarme todo el tiempo que me quede... Eso, de por sí, es un generador de ansiedad, evidencia de incertidumbre.
La segunda dirección hacia la que vuela mi mente es si yo misma sería capaz de dedicar mi vida a posibilitar bienestar a alguien a quien, seguramente, ame y haya amado con convencimiento y pasión y respeto.
Vivimos mucho más que antes, dicen las encuestas. Vivimos demasiado, dicen hasta los políticos. Los gobiernos no pueden atender a las necesidades simultáneas de tantas generaciones como comienzan a convivir y eso genera cierto desamparo a los individuos.
Esta mañana he visto a un anciano, mirada perdida y silla de ruedas, tomando el sol. Y una mujer joven, con facciones sudamericanas, le arreglaba con cariño el cuello de la camisa, gris a cuadros.
No quiero vivir tanto. Gracias.