Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavía mundos inexplorados.
Mo'nonymous on Paréntesis...
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sparkling on Paréntesis...
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Mo'nonymous on Huellas...
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La canción nunca me gustó demasiado pero la sensación de estar satisfech# si.
Y hoy es un día especial por varias razones. Empieza el invierno. He recibido un par de mensajes de un par de personas a quien he echado de menos en silencio y en secreto. Comienzan las vacaciones escolares y también las mias. He trabajado como antes en esta última semana y sé que soy capaz de rendir.
Se acercan y me cuesta dejar de pensar en la cantidad de gente que va a pasar estos días tan señalados y entrañables lejos de la persona a la que ama. Quizá porque vivan a distancia, tal vez porque cada miembro de la pareja debe acudir a la reunión anual de su estirpe, en diferentes lugares de la geografía.
Cada vez nos parecemos más a los yanquis. Solo se reúnen con su familia una vez al año.
Pero lo que de verdad me inquieta es toda esa gente que, viviendo junta, debe separarse para pasar algunos días con los suyos. ¿Quienes son, ahora, los suyos? ¿esa familia que nos viene dada, como el color de la piel y la forma de andar, o la persona con la que amaneces en los últimos tiempos y lo compartes todo?
El corazón dividido entre las ganas de irse y abrazar a quienes apenas vemos y las de compartir este espíritu navideño, por primera vez, con quien pasarías el resto de la vida. Es difícil cambiarlo, maridar las situaciones y conseguir que la pareja pueda asistir a tus compromisos, como tampoco tú puedes asistir [como te gustaría] a los suyos.
Y así van pasando las Navidades... entre largas conversaciones telefónicas, viajes en tren o en coche, nuevas soledades provisionales y nostalgias por lo que quedó atrás y quien está esperando a que regreses desde el momento en que desapareces de su campo visual para comenzar tus vacaciones.
...navideño o las cosas buenas que a veces pasan...
Ayer sonó mi teléfono en el despacho y una voz lanzó una frase estudiada, seguramente en muchas ocasiones, a solas, para entrenarse: "llamo para decirte si quieres ir a comer". Sono muy poco natural, dejando entrever algo de la timidez de la que hablaba en la entrada anterior.
Y yo, que tengo muy mal fingir, con la llamada, enmudezco bastantes segundos. Me asombra que esa voz me convoque después de estar casi dos meses apenas sin hablar, lo estrictamente profesional solo. E invierto cierto tiempo en tratar, sin éxito, de salir de mi propio asombro. Era un lugar oscuro, largo, estrecho y sin ventilar. El asombro, digo.
Pude evitar que nuestra cita fuera ayer, en caliente. Pero no pude negarme, de ninguna de las maneras, sin parecer insufriblemente descortés y sin que "lo nuestro" se estropeara para siempre. [Nota al pie: debo comprarme el libro "Aprender a decir no" pero ya!.]. Así que ha sido hoy, porque no había otras grandes alternativas.
Había decidido no pensar en ello para no acobardarme y cancelar. También había decidido no invitar a los nervios y tratar de ser natural. Así que...
Ha sido como si anteayer nos hubiéramos visto y no hubiera sucedido nada. Bueno, lo cierto es que era invisible, pero mi mano estaba al final de mi brazo derecho, levantado en línea recta hacia delante, en señal de stop. No me gusta, pero soy un poco rencorosa y, por suerte, olvido pronto.
Esa llamada solo pudo ser por esta suerte de espíritu navideño de amistad y amor que a veces parece flotar en el ambiente [el general, no el de determinadas tribus mayoritariamente urbanas] o el miedo a morir jóven con cosas sin resolver, que también podría ser. En caso contrario, nada tendría ya sentido...
Y [cambio de tema] esta mañana he comenzado con una reunión con La Tutora. Maravillosas noticias. Nunca pensé que me haría tanta ilusión saber que mi hijo sólo suspende dos (peeeero mates con un insuficiente alto y sociales -ella me ha reconocido que el profesor le sigue de cerca; que no le perdona una y que, como puede rendir más, pues que no le aprueba; y a mi me parece bien, mira-). Habrá que acompañarle de cerca todavía algunos trimestres pero no está en territorio de repetición y solo ha contado cosas buenas del tipo... [insertar emoticón amarillo con enorme y babeante boca abierta].
Y desde aqui siguen saliendo obsequios, llegando buenos deseos y mejores noticias; esta noche tengo una cena a la que me esforzaré en ir y mis vacaciones están ahi mismo... ¿Alguien va a estropearme estas sensaciones?
Me encantaría ser capaz de escribir un largo tratado o ensayo sobre la timidez para poder justificar así mi ausencia en algunos lugares, mi silencio en determinados espacios, mi rubor en ciertos momentos.
Así intentaría convencer de algo que nadie suele creer y que (al conocerme) comienza negando: que yo sea tímida.
Hace algún tiempo alguien me invitó, en mi propio lugar, a que contara las incontables razones por las que visitaba el suyo, pero me quedaba -indefectiblemente- en silencio.
Quizá no fueran tantas las razones, al fin y al cabo. Solo ésta.
Él, sentado, con el programa de mano de un reputado musical en el regazo.
Todos, esperando a que comenzara el espectáculo [que lo fue].
Y, de repente, sorprendido por su hallazgo:
"¡Mami! Pero cuánta gente en esta obra se llama elenco, ¿no?".
El tipo no debe tener ni treinta años. Se gana la vida haciendo de mensajero en una conocida multinacional cuyo nombre lo componen tres consonantes y conduce una furgoneta con el logo bien visible. Imagen de marca. Sí señores.
Juro que el tipo, esta mañana, al hacer su zona de reparto, tenía el convencimiento de que conducía dentro de un videojuego de esos de coches. Su realidad era virtual y me lo han contado sus ojos violentos y agresivos, como inyectados en sangre, ávidos de riesgo y diversión. Es obvio que el trabajo de mensajero con furgo no es de los clasificados como de aventura. Por tanto, hay que echarle imaginación...
En una nada sutil maniobra, ha cortado mi trayectoria invadiendo mi carril, quedándose a dos centímetros [dos, no más] de mi carrocería. Pero, unos metros más adelante, se ha vuelto a cruzar [esta vez limpiamente] para recolocarse en su carril original. Ha sido al ponerme a su altura cuando ha dado un giro [seco, preciso] a su volante de noventa grados, acercándose de nuevo con una limpieza quirúrgica y sorprendente a mi coche, sin tocarlo, como si la pretensión fuera la de echarme de la pista [y caer al vacío envuelta en llamas mientras el coche da vueltas sobre sí mismo y dos mil malos me disparan ráfagas de metralletas y bombas expansivas y gases lacrimógenos y... Algo así debía estar esperando, supongo; por la expresión de su cara, digo].
Y su mirada: intimidando, desafiante, brutal, animal, primigenia... Agresiva, sin control. Bonito ejemplar de la fauna que puebla nuestras ciudades... Si se juntan unos cuantos... Desolador.