Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavÃa mundos inexplorados.
Mo'nonymous on Paréntesis...
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...que la entrada que titulé Ausencia, de hace un par o tres de días, no se refería a nadie de esa multitud de personas que tienen sus blogs abandonados, a medio actualizar, olvidados o bajo amenaza de guardar un silencio temporal, sin promesa de futuro pero sin certeza de regreso. No. No va para es#s. Sino exclusivamente para alguien que decidió que solo se admitía el paso con contraseña y siendo un invitado admitido (también las mujeres), como el los clubes de alto estanding o de bajos instintos en los que se comercia con mentiras y sentimientos.
Quería aclaralo porque la entrada fue tan vaga que ahi cabía cualquiera. Como si yo, a estas alturas, fuera a extrañar a cual-quie-ra. Que yo selecciono hasta a las personas a las que quiero echar de menos. Y [aviso] no todo el mundo [me] sirve para eso...
Me gustaría preguntártelo todo. Siempre he querido saber más. Tienes respuestas que desconozco. Tengo dudas por resolver. Ven. Mírame a los ojos. Si soy capaz de soportarlo, hablaré...
Quería que supieras que sé que cerraste el blog porque tenías una magnífica razón. Aunque no la conozca pero pueda adivinarla cubriéndola de mil fantasías. No me entretengo con probabilidades que nunca van a desmentirme porque tengo los hechos consumados, que -para estas cosas- son mucho mejor. Y para otras, también.
Hace algunos días, quizá un par de semanas que ni vienes ni voy. O vengo, que para eso los catalanes y las catalanas somos malísimos y malísimas. Y yo la que más. No sé conjugar según qué tiempos verbales. O, mejor, sí sé. Pero me cuentan que lo hago mal. Da lo mismo, creo. No vienes de visita. O lo haces solo alguna vez y sin dejar rastro. Tampoco escribes. No sé si se te acabaron las palabras. Creo que podría darte algunas. Bueno, darte... Prestarte, sugerirte, insinuarte. Como quieras. Pero me temo que ese juego ya esté jugado y andes en busca de nuevas distracciones, desafíos, retos. O ratos en silencio.
Deja que te diga que siento un poco de preocupación porque tampoco esa otra mitad tiene grandes cosas que decir. Y así resulta complicado hacerse a la idea. Supongo que desde fuera lo comprenderás. Y desde lejos también.
Y yo que, cada vez que visito tu dirección, recuerdo -con idéntica tristeza cada vez, cada vez; te lo aseguro- que no puedo pasar. Y a veces me he llegado a preguntar si te hice algo con mis silencios. Porque dudo que mis pocas palabras pudieran llegar a dolerte. Pero no lo sé y tampoco creo que deba preguntarlo, porque [tú sabes ya como soy, tantos meses después] no me gusta incomodar. Y así tu dirección, tus mensajes siguen en mi buzón, intactos, archivados, ahora que casi nunca conservo nada y me paso el día pidiendo que eliminen recuerdos, que ocupan mucho. Ahora que aprendí al fin a conservar solo lo intangible, a pesar de que me asusta mucho saber que hacemos lo que queremos con nuestros recuerdos, incluso cambiarlos...
Fuiste durante meses uno de los pilares de arranque de esa ruta mía de movimientos por la pantalla y me has hecho cambiar de hábitos. Hay palabras que tantas veces parecen bálsamos, como las tuyas. Eres de las que comprende cosas que ni una misma; al menos, me lo parecía. Quizá por necesidad. O quizá no. Me gustaban tus visitas y tus comentarios de una línea, tan condensados. Y tus silencios, cuando creía estar convencida de que volverías. No como ahora.
Yo, que te he estado adivinando ciertas ganas de echar a volar, preferiría saber que todo anda bien, que encontraste la forma de retirarte en pleno éxito, como los grandes artistas que no esperan a ver caer su carrera. Y que eres feliz. Muy feliz...
Como casi siempre, se me hace tarde. Solo tengo que esperar unos minutos a que dejen una bicicleta y comienzo a rodar hacia abajo, que es lo fácil. Pero el calor es intenso y pedaleo poco, intentando hacer equilibrios al parar en los semáforos y moverme lo menos posible. Me encanta la ruta que escojo de bajada y el ambiente del barrio, tomado por turistas nórdicos, de pieles bronceadas, cabellos lacios y rubios y ojos muy claros que observan con devoción los rincones de esta ciudad de diseño. Al final, he llegado casi quince minutos antes y paseo lo que el resto del año no puedo pasear. Y observo y entro en esa imponente iglesia que más parece catedral y me siento y silencio mi teléfono y mi mente. Salgo frente a la puerta escogida para el encuentro y nadie podría ser ella, así que continúo mi paseo con calma porque decidí hace días que no voy a pasar nervios. No esta vez. Ya sé de qué van estas cosas y al final siempre es mejor de lo que una teme. Decido imaginarme en su lugar y la encuentro [de riguroso blanco integral] en el punto exacto que hubiera escogido yo para la espera, en mi banco, y haciendo lo mismo que hubiera hecho yo [hablar por teléfono]. Destila la bondad que se adivina en sus letras y eso reconforta. De repente, se pone a llover. Aunque el cielo estaba luciendo azul y el sol todavía no se había puesto. Por un segundo, al acercarme con una sonrisa y haciendo el gesto de que cortara ya la charla telefónica, siento que la boca comienza a secarse pero no me resulta difícil: la reconozco, por dentro y por fuera. Y no me preocupa casi nada. Once larguísimos años nos delimitan y nos acotan, nos definen y nos moldean. También separan. Tiempos de vivencias y de confesiones, al final. Tiene razón quién afirma que las personas a las que apenas conocemos y que no nos conocen mucho son los mejores destinatarios de nuestros secretos, temores y tristezas. Y de las risas, en el ejercicio de reconocerse humores y encontrar lugares comunes, en la dificultad de un escenario sin experiencias anteriores ni siquiera vivencias compartidas, tampoco futuros que prometen. Es agradable no tener que conjugar el verbo decepcionar, ni en activa ni en pasiva. Ella quiso cenar sushi de fantasía y yo tomé un sashimi. Pensando que no tenía apetito. Yo quería subir en bicing y tres minutos me separaron del cierre del servicio, así que opté por un taxi, a pesar de llevar el cash tan justo que temí acabar en un cajero con el taxímetro en marcha. Y llegué tan desvelada que me lancé al encuentro de mi Mii, encantada de que le dedicara sesenta minutos de aeróbicos y acabara la velada en la ducha, que el calor era difícilmente soportable. Día de citas inesperadas, ayer...
Hoy no es como días atrás. Aparte de que me acostara tarde, es como si me faltara la energía que me ha propulsionado. Y tampoco me siento muy bien. A nivel orgánico, digo. Debería recordar con más agilidad que no bebo para que mis sorbos fueran más cortos y espaciados. Que un vodka largo con naranja no es lo mejor para apagar la sed de una noche de verano muy calurosa -la más, pienso- en la cubierta de un barco atracado en el puerto de la ciudad. Agradable sensación la de desincronizar pensamientos y palabra y simplemente reir de tus propios movimientos u ocurrencias. [Como escribir "charla" y ser interpretada como "confesiones", una desincronía, supongo...
]. Creo que lo que sucede es que no quiero que me guste (beber). Porque si a mi misma me dejara...
No es cierto que esta época del año sea tranquila. Ayer no pude ni pasar por aqui y substituí mi comida por una merienda frugal, todo muy desordenado. Lo de trabajar con americanos en esta época ya es un clásico. Quizá este año sea mucho más divertido que normalmente, porque nos hemos constituido en equipo de trabajo proactivo y resolutivo sin preavisarnos. Yo ni siquiera les conozco. Sólo les oigo y también les escucho. Y aprendo y practico idiomas y me gusta.
Parece que el maldito tratamiento que se me resistía empieza a funcionar. Pierdo peso. Por fin. Pero también es cierto que mi alimentación está siendo muy natural estos días y que mi Mii y yo nos vemos una media de 35 minutos cada día. Soy experta en steps. Yupi. Anima mucho que te digan que tienes el cuerpo en "muy buen estado para tu edad" y que te feliciten por tu constancia y la velocidad con la que te acercas a tu objetivo. Bastante razonable, esta vez. No quiero presiones, de ningún tipo.
Ayer fue una tarde de las del tipo "muy difícil". Si, mi descendiente mayor. Lloré por dentro y por fuera el dolor que me produjo física y emocionalmente. Suerte que el progenitor y yo coordinamos, que sino. Pero realmente asusta ver cómo se dificulta lo que antes era pacífico. Y me preocupa abandonar la guerra en cuestión, rendirme porque sé que no debo. Pero me temo que no puedo. Que no voy a poder. Hay días, al menos, en los que seguro que no. Cuando se juntan todas las cosas. Cuando se padecen soledades, también por dentro y por fuera, mezcladas, y el silencio pesa sobre los párpados y se enreda en los cabellos y se esconde en los pliegues de la piel. Es verano, todo va bien. Vacaciones, tiempo, espacio. Summer trip. Y sonrisas que llegan detrás de las lágrimas. Como casi siempre...