Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavía mundos inexplorados.
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Es difícil no cantar la canción del anuncio de colonia de nuestra adolescencia mientras escribo esto, de forma improvisada sobre una idea, una imagen, previamente valorada. Me he dado cuenta de que hay carne fresca, material nuevo en estas oficinas. La he visto dos veces solamente y he llegado a la conclusión, sin haberla observado con mucho detalle [y menos descaro], de que es una de esas mujeres que poseen una belleza turbadora. No espectacular; sí incómoda. Creo que está en la primera mitad de la segunda década de su vida, posee una melena larga, ondulada y de color castaño, que combina perfectamente con una tez morena. Presumo, por esos dos detalles, que sus ojos son oscuros. Tiene un cuerpo bonito que no se ha visto ensanchado ni un centímetro por ningún embarazo, que está en pleno esplendor post adolescente. Y sé que no es consciente de su belleza. Quizá porque sabe que aqui no venimos a conquistar, tal vez porque está conquistada. Me gusta admirar la belleza. En todas las cosas, en las personas y en los animales, en la naturaleza. Y eso no significa que sienta deseo o quiera poseer [en el más estricto sentido bíblico del término] al ser perfecto. Sé que a veces esta actitud mía genera celos e incomoda pero no puedo dejar de observar, de admirar y reconocer; como si ser bello fuera algo que podemos escoger, modelar, cincelar o diseñar. O todo a la vez. Recuerdo nítidamente que hace un par de años trabajaba aqui una mujer nórdica, de rasgos tópicos por típicos, que me abstengo de describir. Era muy próxima, muy humana, muy joven y perfecta. Y no por este orden. Sabía a la perfección que el hecho de estar desplazada en nuestro país la colocaba en el puesto número uno en la carrera de las más deseadas y envidiadas porque l#s español#s soñamos con mujeres blanquisimas de lacias melenas rubias [y naturales]; puesto que no ocupaba en absoluto en su Suecia natal, donde arrasaban sus escasas compañeras morenas. Creo que nunca fui capaz de sostenerle la mirada y pronunciaba frases cortas para que mi torpeza vocálica no fuera percibida. Así que debí pasar a la historia [qué presunción la mía, pero es una forma de hablar] como una antipática y fría [gélida] profesional. El verbo, el único, que describe cómo me sentía con ella es este: turbada. La belleza, cuando es excepcional, me incomoda...
