Porque nada es lo que parece ser, todos somos la consecuencia de nuestras historias y todavía mundos inexplorados.
Mo'nonymous on Aviones, frío y ris...
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Como casi siempre, se me hace tarde. Solo tengo que esperar unos minutos a que dejen una bicicleta y comienzo a rodar hacia abajo, que es lo fácil. Pero el calor es intenso y pedaleo poco, intentando hacer equilibrios al parar en los semáforos y moverme lo menos posible. Me encanta la ruta que escojo de bajada y el ambiente del barrio, tomado por turistas nórdicos, de pieles bronceadas, cabellos lacios y rubios y ojos muy claros que observan con devoción los rincones de esta ciudad de diseño. Al final, he llegado casi quince minutos antes y paseo lo que el resto del año no puedo pasear. Y observo y entro en esa imponente iglesia que más parece catedral y me siento y silencio mi teléfono y mi mente. Salgo frente a la puerta escogida para el encuentro y nadie podría ser ella, así que continúo mi paseo con calma porque decidí hace días que no voy a pasar nervios. No esta vez. Ya sé de qué van estas cosas y al final siempre es mejor de lo que una teme. Decido imaginarme en su lugar y la encuentro [de riguroso blanco integral] en el punto exacto que hubiera escogido yo para la espera, en mi banco, y haciendo lo mismo que hubiera hecho yo [hablar por teléfono]. Destila la bondad que se adivina en sus letras y eso reconforta. De repente, se pone a llover. Aunque el cielo estaba luciendo azul y el sol todavía no se había puesto. Por un segundo, al acercarme con una sonrisa y haciendo el gesto de que cortara ya la charla telefónica, siento que la boca comienza a secarse pero no me resulta difícil: la reconozco, por dentro y por fuera. Y no me preocupa casi nada. Once larguísimos años nos delimitan y nos acotan, nos definen y nos moldean. También separan. Tiempos de vivencias y de confesiones, al final. Tiene razón quién afirma que las personas a las que apenas conocemos y que no nos conocen mucho son los mejores destinatarios de nuestros secretos, temores y tristezas. Y de las risas, en el ejercicio de reconocerse humores y encontrar lugares comunes, en la dificultad de un escenario sin experiencias anteriores ni siquiera vivencias compartidas, tampoco futuros que prometen. Es agradable no tener que conjugar el verbo decepcionar, ni en activa ni en pasiva. Ella quiso cenar sushi de fantasía y yo tomé un sashimi. Pensando que no tenía apetito. Yo quería subir en bicing y tres minutos me separaron del cierre del servicio, así que opté por un taxi, a pesar de llevar el cash tan justo que temí acabar en un cajero con el taxímetro en marcha. Y llegué tan desvelada que me lancé al encuentro de mi Mii, encantada de que le dedicara sesenta minutos de aeróbicos y acabara la velada en la ducha, que el calor era difícilmente soportable. Día de citas inesperadas, ayer...
